Maldito Mango

Para aquella época no era mas que un chiquillo, novato en travesuras, que aún no superaba la tentativa del pulgar en la boca. Con el ojo bien puesto en aquel bello árbol, cuya propiedad era de mi vecina Madame Wilhmour, comenzaban los tirones en mis venas, tirones de ansias, ansias que solo traían líos consigo. Pasaba las tardes montando mi bicicleta de aquí a allá, observando -e incluso hasta babeando-, ante el  jugoso mango que colgaba de la rama de alfiler. Relucía un color rojizo con planos semi verdosos, su contorno dividido en abultamientos resaltaba tras la luz del sol, pero era su enorme tamaño lo que más despertaba instinto de ladronzuelo.

 

A cada instante lo vigilaba, esperando que cayera y rodara hasta mis pies. Sin embargo aquel proyecto era imposible y mientras mas tiempo transcurría con más firmeza se mantenía mi dulce mango arriba. No podía soportar la idea de tomarlo durante una noche y en mi interior crecía aquel pecado. Mas sabía las dificultades que esto conllevaba.

 

Pasaban días en los que examinaba meticulosamente el ciclo vital de la familia Wilhmour, anotando las horas de salida y de entrada del viejo Modesto, y comiéndome las uñas miedoso ante mi sentencia.

 

 Mi empresa se llevaría a cabo en una de las próximas noches, claro después de un poco de planificación pues me lo pensaría muy bien para que no me agarraran y, consecuentemente,  dejaran de pensar que ya no era un angelito. A Madame no le tenía mucha simpatía pero creo que para ojos de ella yo era un buen chico bastante me esforzaba para saludarla todas las mañanas sin que ella me contestara alguna vez. Con quién si tenía una buena consideración era con su esposo. La planificación llevaría más tiempo del que suponía y termine describiendo exactamente las personalidades de aquella familia hasta sabérmelas de memoria:

 

     1. Madame Wilhmour, arrugada hasta la yema de su piel, era la que infundía mas miedo. Barbilla destacada por un enorme lunar que evitaba mirarla a los ojos. Personalidad similar a su apariencia. Horrenda como el arroz masticado y tan amargada como su marido.

 

      2. Modesto Wilhmour,  sereno, con las entradas mas grandes que he visto. Orejas puntiagudas y cara resaltada con las miles de cicatrices consecuencia de la lechina. Amargado e insoportable. Su piel característica de un color plomizo. Me gané su «amistad» después de cumplir un recado de parte suya en el pueblo.

 

Modesto era un hombre ocupado, basándome en mis datos, salía a las 7:00am y regresaba sudoroso a las 4:00pm. Su labor se centraba en una construcción moderna en el pueblo cerca de Pablo el panadero. Junto con su esposa eran la familia mas infeliz, sin sonrisas ni chistes, se dormían tal como despertaban.

 

Todos los fines de mes cumplían con una rutina intachable, Madame bebía su café con cigarrillo en mano mientras que en la misma parcela Modesto bajaba la grama con su machete. Señor, no sabe cuanto me repudiaba aquella imagen, ambos grises como un periódico. El viejo parecía ser bien diestro con su machete, cosa que influía en mi tal como una historia para dormir rápido a los niños. Tres veces al mes el viejo se disponía a trocear con una cuchilla  un muslo de res. ¿Para quién?:

 

      3. Caspín, el perro con el colmillo mas atravesado del mundo. Manchado de barro hasta la nuca. Querido por la familia a tal punto de ser parte de ella. Tiene un colmillo que sobresale de su boca a la vez que de esta cuelga un chorro de baba.

 

Así, sumiso al estudio de esta apreciada familia pasaron los años de mi infancia, y el mango, esperando mis suaves manos, cada vez parecía engrosar su diámetro. Tres obstáculos eran los que se imponían entre mis manos y la dulce fruta del Edén. Los tres obstáculos mas aburridos. Comprendí en mi investigación que aquella tarea poseía una enorme dificultad, y el asunto se iba postergando hasta mi adolescencia donde obtuve fuerza y decisión para mi deber.

 

No me imaginaba un fin violento ni mucho menos mortal, pero el ser descubierto podía desechar mi título de angelito dorado. El éxtasis de mi tarea me llevaba a soñar con aquel mango y con sus hermosos compañeros. Esto implicaba violar el Séptimo mandamiento y arruinar mi reputación, pero cada día me enfrascaba más en mi cometido, hasta que una noche…

 

Decidido me lancé a la exploración del terreno, me aprovisioné con un palo, agua y algunas canicas. Entonces incluí una fosforera que tomé de la cocina. Mi fuerza no tardó en quebrantarse, así dirigí  mis pensamientos hacía un corazón arrepentido. ¿Acaso era aquel el único mango en este mundo?, ¿merecía la pena aquella expedición?. No, pero aquella idea apunto de ser acto, había crecido en mí durante mi niñez y como un campesino juicioso la cosecharía en las próximas horas.

 

Espere nervioso en mi cama a que la hora exacta cayera sobre mí. Las luces estaban apagadas para que cualquier inocente creyese que se trataba de un chico durmiendo. Mientras que la realidad antagónica se reía de aquel pensamiento. Debía cumplir con mi deber sin prestar demasiado atención a los cuchicheos de mi inocencia. Oh señor librame de todo escarmiento, suficiente tengo con el castigo del arrepentimiento. No ves lo triste que soy después de lanzar la piedra.

 

Un cuarto para las 7:00pm. Hora en que Crespín saciaba sus deseos bajo la vista de Modesto. Mi objetivo sería volver con el mango, y no terminar amarrado en el tronco del árbol como un ladronzuelo. Era muy fácil, correría tomaría lo que me pertenece y me concedió el esfuerzo, volvería y me hartaría con mi dulce espeso. Muy fácil. En mi pensamiento concluía que bajaría por la ventana para evitar la atención de mi madre, y así sucedió. Ya en el borde del marco, el miedo me invadió acompañado de un frío invernal. Varios metros se cernían bajo mi pesado trasero. Entonces retrocedí reconociendo la opción sana y amigable de las escaleras. Si aquello era el inicio de mi tarea, me asustaría mucho mas el final. Salté y caí bajo la ventana. Una nube de tierra invadió mi vista. Me arrastre en un movimiento descomunal. ¿Realmente no sabía gatear o era aquello provocado por los nervios?.

 

Me percaté de que dentro de mi casa ni un alma se sintió. Mire mi reloj. 7:19. Caramba, había perdido mucho tiempo en la indecisión de bajar. Seguramente el viejo ya estaba adentro o estaba por salir. Me acerque al cercado y observé la tranquilidad del terreno, un sudor frío se deslizaba mejor que yo por mi frente. Espere un momento, de nuevo indeciso si travesar o no la cerca. Vaya error de mi naturaleza, cuando un mango en el mercado o en la tienda de Cristina no pasaba los 0,30ctvs. Arrepentido mire por donde había llegado, parecía mas fácil volver a atravesar aquel terreno. Señor librame de todo mordisco o machetazo, el humano satisface sus necesidades con las innecesidades de otro. Mis deseos me dominan y rompen la armonía de mi vida. ¿Qué hago aquí, señor?.

 

Respire profundo y me controle justo cuando una lágrima brotaba de mis cristales ópticos. Vamos. Dije en pensamiento para tomar un poco de fuerza. Crucé la cerca y cuando comenzaba a gatear noté algo punzante que me atravesaba la rodilla. Crespín. no Crespín, suéltame. Imaginé a aquel espanto de animal destrozandome la rodilla y entonces retrase mi mirada. Una púa del cercado se incrusto en mi pantalón atravesándolo y mordiendo mi rodillo. Conducí mis brazos con temor y me escapé del acero en menos de cinco minutos. Mientras me limpiaba la sangre con el misma tela escuché el crujido de una puerta. Fue entonces cuando divisé la sombra de un viejo ermitaño y su mascota carnívora. La lágrima que brotó hace más de quince minutos entonces renació y cayó sobre mi mejilla produciendo un escalofrío de ese lado de mi cara. No podía creerlo,hoy no se debía romper la rutina. Desgraciada familia y sus descuidos indiscretos. La noche caía bajo la luna. El destino me esperaba, terminaría troceado y macheteado en la mandíbulas del aquella bestia. Congelado en el suelo, sentí una punzada en todo mi cuerpo. Me encontraba, en ojo principiante, a quince metros de mi victoria. El viento mecía al Fruto con la dulzura con que se mece a un niño. Arrepentido, agaché mi cabeza mientras observaba al sabueso bajar las tablas que servían de escaleras. ¡Oh! como se mueve la muerte, serpenteante, insensata y voraz. Los Wilhmour debieron salir de alguna historia de miedo o una pesadilla, recordaba yo tirado las personalidades de cada integrante,me estremecía a la par que el perro avanzaba. La puerta, abierta en su ángulo completo, dejaba salir la luz que proyectaba la sombra del viejo sobre el jardín. No será esto lo último que veré. Vaya sorpresa me lleve cuando Crespín se dio media vuelta dirigiéndose hacia el patio trasero. Modesto prendía su cigarro.

 

Mi oído agudo escuchó los chasquidos de su dedo sobre el yesquero, una y otra vez, entonces sentí un impulso y avancé a gatas. Acongojamiento de corazón, parálisis física, todo en un mismo segundo de vista a mi fruta. El asqueroso animal había vuelto sobre sus patas, en mis pulmones comenzaba a escasear el aire. Oh, dulce fruta despídete de tu consumidor, abrázalo y suéltalo en un Adiós.

El mango desprendía su brillo en la plenitud de la noche y entonces mis sentidos observaron que era el único fruto de aquel árbol, que no habían más ni en esa rama ni en las demás, y que el mango que tanto deseaba parecía encogerse ante mi mirada. No era cierto. No podía ser el mismo mango dueño de mis acciones. No era ni el mismo árbol ni el mismo mango.  Entonces el árbol se retorció en mi pensamiento y sus hojas palidecieron. ¿Cuánto tiempo le dedique a este atentado?.

 

Sus ramas caían y el manguito envejecía como todos los Wilhmour, su concha se caía en pequeños gajos hasta que la pulpa quedo en libre albedrío. Su olor deseoso era tan inverosímil a su apariencia. Hasta que el golpe repugnante llegó a mi nariz y observé como el mango se pudría bajo su rama. Su pulpa lustrosa paso a ser una masa de barro y orugas hasta que su núcleo, pelado, quedo negruzco y horrendo. No, no, esto no es real, debe ser la rodilla y todo lo que me acontece que me esta volviendo loco. No aceptaré mi derrota hasta que tenga el cuchillo en la garganta. Sí, y en la lápida estará grabado el mensaje de esperanza a una victoria imposible. Brindare con el sabueso, brindare durante mi vejez y seré detallista y no caeré en estas trampas. Oh… Oh señor no ves…  me rodean. La píldora hace efecto y el árbol caé sobre sus raíces.

 

El sabueso, el viejo, Madame me observa desde su ventana, el chasquido del yesquero acude, mira ese colmillo, su lengua, el mango, todos grises como los Wilhmour, todos horrendos y arrugados. Miro al sabueso pero no hay mas que una vieja casa de tablones rotos y un esqueleto sobre la silla. Todo huele a formón y podredumbre, el árbol esta seco pero no puedo creer, en una de sus ramas cuelga el mango tal como era y como fue. Lo recuerdo, hermoso, jugoso y rojizo. Brilla en medio de un cementerio y dentro de aquella vieja casa se oyen los ladridos. Entonces las canicas se alzan en el espacio y ruedan en trazos cósmicos y levantan las hojas. Señor …¡Señor!. Burlate de mí. Pero nunca entenderás las hazañas de mi juventud. Nunca verás la fosforera gastando todos sus fósforos, quemando al árbol. Nunca presenciaras las canicas levitando a tu alrededor.

 

Entonces me levanté, las hojas caían, y el fuego, terrible, hermoso, pero a través de el la fruta, envuelta en oro, y los ladridos comenzaron a oírse más fuertes, las canicas volaban , y el fuego, y el sabueso, el esqueleto, las raíces, mi rodilla.

 

Mi mente turbada se despertó en una colcha con el destello de sol en la frente, entonces mire mis manos diminutas y mi cuarto aún con las decoraciones de cuando era un niño, me mire la rodilla y no había rastro de la herida. Me incliné y vi desde mi ventana al mango reluciente, nooo, estaba ahí. Y yo me vi en mi espejito, joven, vivo, siendo un… un  niño todavía. Me palpe el rostro, me pellizque el brazo, me golpee el torso, e incluso me estrelle con la pared. Estaría otra vez, enamorado del mango, viviendo lo ya vivido, odiando mi castigo, soñando la pesadilla, endulzando la sal, porque por el resto de mi vida sería un niño, chupando mi dedo, montando mi bici, oliendo a Wilhmour, deseando al maldito mango. ¡AL MALDITO MANGO!

FIN

Oh Will

Mientras corría, no paraba de pensar en aquel momento, en aquel instante. Me encontraba a menos de un kilómetro de mi hogar luchando por guardar la nota que llevaba en mi mano. Recuerdo empezar a sentir una llovizna que caía sobre mi rostro y que malo fuese si la nota se mojara cosa que me producía ansiedad de intentar ver su contenido y el nerviosismo de que contenga algo que no me agrade.

Venía del cole, era el último día de clases y ella me había escrito una nota. Me ha hecho prometerle que no la abriría antes de llegar a casa y que la llevaría en la mano así llueve, truene o relampaguee, esto último me hizo comprobar que se empezaba a formar una nubosidad, (la que ahora se me venía encima). No tenia ideas como para adivinar que podía contener aquella nota pues me había empeñado en solo pensar que no se mojara.

Sabía que no debía dejar de apretar el puño pues entonces la humedad entraría, pero me decidí a echarle un vistazo para observar en que estado se encontraba. Me acomodé el cabello ya empapado -pues la intensidad del aguacero aumentaba a cada paso que daba- y abrí mi palma por un instante que por la sensación bastó para humedecer el papel. Claro que como cualquier chico ansioso en algún momento había pensado en abrir el papel sin importar lo prometido pero el amor que le tenía a ella me lo negaba.

No quedaban mas de cuatro cuadras para llegar a mi hogar, estaba agotado por la corrida que había echado, tenía el corazón a mil y me faltaba el aire por la velocidad de mi respiración. Comprendía que no era el momento de parar pues tenía la meta en frente. Recuerdo, muy vagamente, que me empecé a sentir desorientado y se podría decir que hasta mareado, pero cuando se siente aquel nivel de adrenalina como el que poseía en ese momento no se les presta mucha atención a las demás cosas. Así en mi maratón comprendía que el amor es capaz de mover todo menos la palma de mi mano.

Aquella precipitación que caía horizontalmente me mojó a tal punto que me tomé un segundo para secarme la cara -segundo que hoy provoca un inmenso arrepentimiento y sobretodo, que me costó tanto esfuerzo-. En aquel finísimo instante de ceguera sentí un mareo mas intenso, pero sobretodo sentí como mi pie picó en el suelo y se torció completamente provocando una caída que hasta hoy no puedo detallar, no hubo sangre, no hubo gritos, no hubo nada salvo el recuerdo de una voz que me dijo:
-¡Oooh, Will, tu carrera ha terminado…

Mi carrera había terminado y como consecuencia todo aquello que anhelaba en ese momento. Así al despertar me encontraba en mi cuarto y la mirada de mi mamá clavada en mí, que después de contestar algunas preguntas, resolvió la ecuación del momento con algunas palabras:
-Mmmm… si recuerdo que sostenías algo en la mano pero si en algún momento fue papel, allí no lo era.

-¡Oooh, Will, tu carrera ha terminado…ooh, Will…

Diego Noguera