Maldito Mango

Para aquella época no era mas que un chiquillo, novato en travesuras, pero desde que había visto aquel bello árbol que pertenecía a nuestra vecina, Madame Wilhmour, empezó a correr por venas esas ansias de meterme en líos.

Así cada vez que pasaba con mi bicicleta por enfrente de su cerca podía observar aquel rojizo mango, que a la luz del día era bien reluciente, no podía esperar más. Mi empresa se llevaría a cabo en una de las próximas noches, claro después de un poco de planificación pues me lo pensaría muy bien para que no me agarraran y dejaran de pensar que ya no era un angelito. A Madame no le tenía mucha simpatía pero creo que para ojos de ella yo era un buen chico, pues bastante me esforzaba para saludarla todas las mañanas sin que ella me contestara alguna vez. Pero con quién si tenía que tener una buena consideración era con su esposo.

Modesto Wilhmour era aquella clase de hombre que muy pocas veces se dejaba ver y que además en diciembre, comúnmente, mata a uno de sus porcinos mas gordos a punta de machetes, cosa que le facilita el trabajo que después tendrá que realizar convirtiendo lo en filetes, así, era conocido no solo por ser un hombre armado sino también por tener un carácter un poco amargado.

Pero esto no es todo, pues como en toda hacienda no puede faltar el perro cuyo nombre, Crespín, era igual de aburrido que el de sus dueño (sin ofender a nadie). Comprendía la complicación del asunto lo suficiente como para concluyera en una balacera o tal vez en una lucha intima con un sabueso, pero el éxtasis que sentía al observar aquel mango y sus jugosos compañeros me impulsaba a cometer el séptimo mandamiento sin importar las consecuencias, así prepare la bolsa en la cual metí una botella de agua, algunas canicas y una fosforera.

Cumpliendo con mi deber emprendí mi viaje para tal vez no volver jamás -Esta suposición basándome en los obstáculos conocidos-. La noche de mi aventura me salí por la ventana cayendo unos cuantos metros al suelo, sorprendido de que mis padres no hubieran escuchado nada, cruce la cerca que separa un terreno del otro y me adelante, quedando mas o menos a unos quince metros del árbol, mientras me adelantaba a gatas comprendí el error que estaba cometiendo, e incluso llegue a un estado de arrepentimiento que por suerte pude superar de lo contrario les juro que me habría devuelto.

Cuando ya estaba a menos de ocho metros del árbol, percibí el sonido de la muerte, pues la puerta de la casa Wilhmour, se acababa se abrir de par en par y por supuesto vaya sorpresa me dio ver como Modesto sacaba a Crespín para que el atendiera sus necesidades.

Confíen que estando en ese mismo puesto en el que yo me encontraba el oído se pone tan agudo que incluso antes de voltear la mirada ya sabia de donde provenía aquellos ruidos, no solo los sentidos se activan a tal nivel, sino que además los pensamientos provocan que se te acongoje el corazón y no respondan a tiempo tus extremidades, aquel perro asqueroso se dirigía a donde estaba yo, y no encontraba algún pretexto para justificar mi falta de reacción.

De un minuto a otro mi frente estaba cubierta de un sudor frío y me empezó a escasear el aire, estando como estaba no encontré otra solución que la de mirar al mango y dedicarle un “Adiós”. Me sorprendió de gran manera encontrarme con que el mango al que tanto quería era el único que encontraría pues aquel árbol estaba pelado, no paraba de pensar en que muy tarde me había dado de este detalle.

Después de dedicar unos minutos antes de mi muerte a pensar en la perdida tiempo que estaba cometiendo, recordé las canicas que me había guardado y pensé en emplearlas de una mejor manera -pues realmente pensaba usarlas para tumbar aquel mango, ya que al caer stas no sonaban-, inmediatamente las desmantele lanzándolas lo mas lejos de mi que pudiera para distraer al sabueso, plan que funcionó a la perfección.

Mientras el perro se alejaba rodeé el árbol y lo escalé como ningún otro mono fuera capaz de hacerlo. Modesto había llamado a Crespín pues se notaba que este estaba tardando un poco mas de lo normal. En es momento agradecí a Dios por ayudarme en la situación mas delicada que alguna vez hubiera tenido en mi vida, pero no solo eso pues me tome el tiempo de llegar hasta muy pero muy cerca de donde se encontraba MI mango -pues ahora me pertenecía-, empezaba a acercarme mas y mas por la rama que lo sostenía, que ya de por si se encontraba por el peso del fruto, pero claro lo que estaba sucediendo era muy bueno para un ser tan común como yo y lo inesperado no me pudo esperar más.

Uno de mis movimientos había caído en falso y ahora me encontraba boca abajo y con un perro rabioso atento al ruido que acababa de percibir, y entonces observe como la bolsa que había dejado arriba empezaba a resbalar y no tuve mas que agarrarla para evitar el ruido que produciría al caer, tomándola con una mano, había quedado en una posición demasiado incomoda como para soportarla por mucho tiempo. Así decidí tomarme un descanso, y relajando los músculos resbale también y cayendo al suelo con un grito desesperado, anuncie un nuevo miembro en la familia Wilhmour. Con el primer contacto que hubo a tierra me torcí el brazo y renuncié a mi bolsa dejándola tirada para luego pegar la carrera del año; mientras corría pensaba en las consecuencias y esperaba escuchar en cualquier momento un disparo.

Cuando ya me encontraba frente a la cerca, no salte lo mas alto que debía, quedándose enganchado mi pie con el alambre de púas, sabía que los ladridos de aquel sabueso había despertado a mis padres y debía tomar cartas al asunto, pero primero me salvaría el pellejo pues sino me comería. En aquel momento recordé el objetivo de mi aventura y que fácilmente me había olvidado de el, pero que era mas importante un mango que me dejaría con ganas de mas o una muerte que al contrario nunca había deseado. Mientras veía como el animal se acercaba a mí, había perdido de vista a Modesto pero en la ventana se encontraba Madame mirándome con los ojos del diablo.

Luchando entre el alambre y mi vida había agotado todas mis fuerzas y ahora ya libre de mi cadena no podía correr, escalé el muro como pude y me infiltré al hogar que tanta falta me hacía.

Créanme que es posible amar y odiar algo al mismo tiempo, pues aquel mango a pesar de verse tan delicioso no me atrevería nuevamente a intentar tomarlo, y mas cuando con el avance del tiempo ese fruto llamado mango nunca se había caído y mucho menos madurado, pues hoy día han pasado diez años después del suceso y el mango sigue estando allí al igual que Madame, Modesto y Crespín. Dándome por vencido, había llegado a la conclusión de que la imaginación es capaz de crear desde un mango hasta a una familia completa y recordando aquella aventura supe que jamas había salido de mi habitación aquella noche que lo que había vivido no fue mas que un sueño vivo. ADIÓS MALDITO MANGO.

1 comentario en “Maldito Mango”

  1. Excelente te felicito, espero seguir leyendo mas relatos tuyos. Soy tu fiel admiradora y cada avance tuyo, a pesar de la distancia siempre estaré allí siguiéndote los pasos.

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